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La filosofía en la edad media: época de decadencia.

La filosofía en la edad media: época de decadencia.

Guillermo de Ockham. El nominalismo.

 

1. Vida y obras.

 

Guillermo de Ockham (1300-1350), inglés, el estudio en la universidad de Oxford, donde más tarde habría de comentar las sentencias. Ingresó en la orden franciscana. Fue acusado de herejía ante la curia de Aviñón y condenadas algunas de sus doctrinas.

 

Entre sus obras filosóficas merecen citarse:

 

Comentarios sobre las sentencias.

Comentarios sobre la lógica Aristóteles.

Quodlibeta septem, Centiloquium tehologicum.

 

 

2. El nominalismo de Ockham.

 

Uno de los problemas que llena casi toda la edad media es la cuestión de los universales (concepto formado por abstracción a partir de un conjunto de realidades concretas, que representan dicho conjunto reducido a una unidad). El siglo XIII le había dado una solución realista. Ockham se opone a este realismo y resucita la tesis de Roscelino. Los universales son meros nombres, meros términos. De aquí las denominaciones de nominalismo y terminismo. Ockham hace una dura crítica de la doctrina tomista de los universales. Sabido es cómo para santo Tomás la ciencia trata de lo universal, aunque, propiamente, sólo lo individual existe. Para Ockham esta doctrina es contradictoria.

Sólo existe el individuo y sólo el individuo es objeto de ciencia.

 

Esta afirmación fundamental lleva implicada toda una teoría del conocimiento. Para explicar el conocimiento, ya sea de intuición sensible, ya un conocimiento abstracto, bastan el objeto y el entendimiento. Cuando formulamos una proposición cualquiera, todos los términos se refieren, en última instancia, a una realidad individual. Hay palabras, sin embargo, que no parecen significar inmediatamente las cosas, sino a los conceptos. Mas, examinando detenidamente la cuestión, y habida cuenta de que el concepto, el universal, no tiene existencia, y estas palabras habrán de significar también cosas. Lo que sucede es, viene a decir Ockham, que hay dos maneras de significar cosas, correspondientes a dos modos de nuestro conocimiento. Un objeto, en efecto, puede ser conocido distintamente, y la palabra que entonces le aplicamos le corresponde directa e inmediatamente. Pero también puede ser conocido de una manera confusa, como acontece cuando no puede distinguirse de otros objetos, y la palabra que en este caso le aplicamos designa al objeto, pero se aplica, al mismo tiempo, a todos aquellos con los que, en el conocimiento, se confunden. Si veo a Pedro en un grupo de personas, tengo de él un conocimiento confuso que no puedo representar por la palabra "Pedro", pero sí por la palabra hombre. La palabra "hombre" designará entonces a Pedro, pero sin que me lo haga distinguir de Juan y de Luís. La palabra "hombre" designa aparentemente un concepto, pero realmente se refiere a una cosa. Por lo contrario, si veo a Pedro y lo distingo de todos los demás, le doy este nombre, "Pedro", que no se refiere ya a un concepto, sino que designa directamente un objeto. En resumen: la palabra que aparentemente significa un concepto designa, en realidad, un objeto confusamente conocido. De aquí se deduce que el entendimiento, para conocer lo singular, no necesita intermediarios de ningún género. Las especies inteligibles, los determinantes cognicionales, son entes fantásticos e inútiles.

 

Con esta doctrina del conocimiento tendrá Ockham que modificar profundamente la solución que se venía dando a los principales problemas filosóficos y teológicos. Por lo que a la demostración de la existencia de Dios se refiere, ya en los Comentarios sobre las Sentencias afirma que la prueba por la causalidad eficiente no es rigurosamente demostrativa, ya que no podemos estar seguros de la imposibilidad de una serie infinita de causas en el pasado. Y es más, aún suponiendo la posibilidad de una primera causa del universo, faltaría por probar que esta primera causa es Dios. Lo mismo hace en el Centiloquium, donde declara que es absurdo el principio de la imposibilidad de una serie infinita de causas o de motores. Rechaza también, el principio de que "todo lo que se mueve, se mueve por otro", utilizado por santo Tomás en su primera vía. Para Ockham hay muchas cosas que se mueve así mismas: un ángel, el alma, la gravedad, etc.

 

Aunque esto sea así, dice Ockham, siempre será preferible suponer la existencia de un primer motor inmóvil, de una primera causa incausada, que la hipótesis contraria. Con el nominalismo, pues, la certeza de la existencia de Dios queda reducida a mera probabilidad.

 

La misma suerte van a correr todos los atributos de Dios. La unicidad de Dios no está, en manera alguna, demostrada. Lo mismo que existe este mundo y un primer principio (probable) al que llamamos Dios, podemos suponer la existencia de otros, es decir, con su Dios. También la infinitud de Dios es una opinión probable. Todas las razones alegadas en favor de la infinidad de Dios son únicamente probables. El papel de primer principio de movimiento o de las cosas, igual podría ser desempeñado por un dios infinito que por un ángel finito.

 

Igualmente son probables todos los demás atributos que la teología del siglo XIII aplica a Dios. Desde el punto de vista de la fe, las afirmaciones de la teología son ciertas; la razón propiamente no puede contradecirlas, pero poco puede defenderlas y menos demostrarlas.

 

La teoría del conocimiento de Ockham, aplicada a la psicología, determina, en primer lugar, nuestra incapacidad para demostrar la existencia del alma. No tenemos ningún conocimiento intuitivo de nuestra alma, y, no existiendo ninguna otra forma de conocimiento fuera de la intuición, resultará que las razones por las cuales se ha pretendido establecer la existencia del alma son únicamente probables. Sólo por la fe podemos saber que existe el alma, que es inmaterial, que es la forma del cuerpo, dice expresamente Ockham.

 

En ética tiene que morder también la teoría del conocimiento que Ockham pone a la base de su sistema filosófico. No puede mostrar que la ley moral tenga un carácter necesario y absoluto. Más aún: siguiendo la línea trazada por Duns Escoto, lleva el voluntarismo hasta sus últimas consecuencias. Todo, hasta el pecado, depende de la voluntad de Dios. La arbitrariedad de Dios es llevada hasta el extremo de aceptar la posibilidad del castigo de los inocentes y del premio de los culpables.

 

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