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La filosofía en la edad media: época que apogeo.

Santo Tomás de Aquino.

 

1. Vida y obras.

 

Tomás de Aquino (1225-1274) nació en Roccasecca, cerca de Nápoles. Estudio de niño en el monasterio de Monte Casino. En 1239 estudio el trivium bajo la dirección de Pedro Martín, y el cuadrivium con, Pedro de Hibernia. En 1245 va a París, donde estudia teología bajo la dirección de Alberto Magno, hasta 1248, cuando pasa a Colonia, siguiendo a su maestro. En 1252 vuelve a París, en cuya facultad de teología obtiene el grado de licenciado llegado el año 1256. Al año siguiente es recibido maestro en teología, y sigue enseñando como tal hasta 1259, en que pasa a Italia, profesando en diversas ciudades, volviendo en 1229, por tercera vez, a París donde permanece hasta el 1272. En 1274, es llamado por Gregorio X para asistir al segundo concilio de Lyon, se pone en camino y, habiendo enfermado, muere, el 7 de marzo del mismo año.

 

A. Obras filosóficas:

 

1. Comentarios a Aristóteles.

2. Comentario al Liber de Causis.

3. Opúsculos filosóficos.

 

B. Obras de carácter teológico:

 

1. Exposición general de la teología.

2. Monografías.

3. Opúsculos preferentemente dogmáticos.

4. Obras apologéticas.

5. Cuestiones prácticas de teología, derecho, sociología y política.

6. Ascesis y vida religiosa.

7. Obras exegéticas.

8. Escritos Catequísticos.

 

 

2. Filosofía y teología.

 

Santo Tomás sistematizar la distinción y relaciones entre filosofía y teología. La filosofía depende de la sola razón humana. La teología se funda en la revelación. Los principios que usa el filósofo deriva de la razón; la argumentación teológica saca los suyos de la revelación.

 

La filosofía y la teología han de ser verdaderas. La razón, usada rectamente, tiene que conducirnos a la verdad. La revelación, que nos viene de Dios mismo, no puede ser engañosa. La verdad no contradice a la verdad. La contradicción entre filosofía y teología no puede darse. Si una conclusión filosófica contradice el dogma, es evidente que el filósofo está en el error. El papel del filósofo, en este caso, es volver sobre sus mismos razonamientos, hasta descubrir el punto en que el error se produjo. Esto no significa que la verdad de la revelación sea criterio positivo para la certeza filosófica; es sólo la indicación de la falsedad de determinadas conclusiones.

 

Así delimitadas y distinguidas, la filosofía y la teología tienen, sin embargo, algún dominio común. Dicho en terminología más técnica: la filosofía y la teología se distinguen por el objeto formal, pero su objeto material puede coincidir parcialmente. Hay verdades reveladas que pueden adquirirse por el solo uso de la razón natural. Ello no impide que siga manteniendo santo Tomás la necesidad de la revelación; la razón es obvia: esas verdades sólo serían conocidas, de hecho, por muy pocos, tras muchos esfuerzos y con grandes peligros de error. En estas verdades de fe, que al mismo tiempo son objeto de demostración, al que ignorante le bastará creer, pero el filósofo está obligado a demostrar. La filosofía tiene, pues, también a Dios por objeto. Y entonces habrá dos teologías: la teología sobrenatural y la teología natural, elaborada por las solas fuerzas de la razón.

 

 

3. La filosofía y su división.

 

La filosofía es, para santo Tomás, doblemente natural: sus objetos comprenden el ámbito entero de la naturaleza y su facultad cognoscitiva es el entendimiento, procediendo por sus solas fuerzas naturales. La palabra "naturaleza" se toma aquí en un sentido absoluto en cuanto opuesta únicamente a sobrenaturaleza, y la expresión "fuerzas naturales" se entienden en oposición a la luz superior de la revelación divina. El entendimiento por sus solas fuerzas naturales, moviéndose en el ámbito de la naturaleza, debe conocer los primeros principios, poseyendo la inteligencia de los mismos, y debe sacar de ellos conclusiones adquiriendo la ciencia de las mismas. Por tanto, la filosofía es inteligencia de los principios y ciencia de las conclusiones.

El filósofo, pues, "profesa la sabiduría, que es conocimiento de la verdad" y "suprema perfección de la razón", y, como tal, tiene por misión ordenar y conocer el orden. De aquí el primer criterio para la división de la filosofía en sus ramas más generales.

 

El primer orden está constituido por las cosas físicas, que se distribuyen en el ámbito de lo real. La razón lo encuentra delante de sí, lo contempla, pero no lo construye. La indagación de este orden pertenece a la filosofía real, en sentido amplio, que comprende también la metafísica.

 

El segundo orden que es el que la razón humana efectúa en su propio acto, ordenando los conceptos y las palabras o voces significativas. Es el orden de los conceptos u orden racional o lógico. Su indagación pertenece a la filosofía irracional o lógica.

 

El tercer orden es el producido por la razón en las operaciones de la voluntad. Es el orden del deber ser u orden moral. Su indagación pertenece a la filosofía moral o ética.

 

El cuarto orden es el producido por la razón en las cosas exteriores de las que ella misma es causa. Es el orden artificial, artístico o técnico, cuya indagación corresponde a las artes mecánicas.

 

La filosofía racional o lógica tiene por objeto el ente lógico o de razón. Ordena los actos de la razón, a fin de proceder con facilidad y sin error en las ciencias. Por ocuparse de la forma o modalidad de toda la filosofía y de cada una de las ciencias, debe colocársela a la cabeza de todas ellas.

La filosofía natural o real tiene por objeto la especulación del ente real. En seguimiento de Aristóteles distingue santo Tomás, en este orden, tres ciencias: la filosofía natural propiamente dicha, la matemática y la metafísica.

La filosofía moral o ética se ocupa del ente moral. El sujeto de la filosofía moral es la operación humana ordenada a un fin, o el hombre mismo en cuanto obra voluntariamente por un fin. Y como el hombre puede obrar de triple modo: individual, familiar o políticamente, la filosofía moral se debe dividir en tres partes. La primera estudia las operaciones del hombre singular ordenadas al fin, y se llama monástica. La segunda estudia las operaciones de la sociedad doméstica, y se llama económica. La tercera estudia las operaciones de sociedad civil y se llama política.

 

 

3. Teología natural.

 

Santo Tomás concibe la teología como el coronamiento de la filosofía. Puede decirse que con el adquiere conciencia de sí misma, siendo elevada a un grado de desarrollo difícil de superar. Lo primero que conocemos, y, por tanto, punto de partida de la metafísica ascendente, son las cosas sensibles. De ellas arrancará santo Tomás para demostrar la existencia de Dios.

 

Sobre la demostración de la existencia de Dios se plantean tres cuestiones. La prueba de Dios es necesaria, posible y real.

 

La demostración de Dios es necesaria, porque su existencia no es evidente para nosotros. Santo Tomás distingue entre proposiciones que son evidentes por sí y para nosotros y proposiciones que son evidentes ensimismadas, pero no para nosotros. Estas últimas son aquellas proposiciones cuyo predicado está incluido en el sujeto, pero cuyo sujeto nos es desconocido en su esencia. La proposición Dios existe es una proposición de este género; el predicado está incluido en el sujeto (Dios es su existencia); pero nosotros no sabemos lo que es. Luego necesitamos demostrarlo por aquellas cosas que, aunque sean menos evidentes en sí, son, sin embargo, más conocidas por nosotros. En estas afirmaciones de santo Tomás hay implícitas algunas aserciones metafísicas que desarrollará en otros lugares de sus obras. Hay, igualmente, dos consecuencias muy importantes: la primera, que la demostración de Dios será a posteriori, y no a priori; la segunda, que nuestro conocimiento de Dios será analógico. Santo Tomás, en efecto, rechaza el argumento ontológico de san Anselmo. Es verdad que no impugna la teoría anselmiana directamente en cuanto argumento demostrativo. Se opone más bien una consecuencia implícita en el argumento, a saber: que la existencia de Dios es evidente para nosotros.

Contra el agnosticismo, defiende santo Tomás la posibilidad de la demostración de Dios. Para ello bastará con ir del efecto a la causa propia.

 

Santo Tomás utiliza cinco vías para demostrar la existencia de Dios. En todas ellas parten de las cosas sensibles, hace uso de un principio metafísico noético exacto (el principio de causalidad eficiente) y concluye en Dios. Propiamente, pueden distinguirse en cada vía tomista cuatro elementos: un punto de partida, que es siempre un hecho evidente: el principio de causalidad eficiente (este hecho es causado); imposibilidad de una serie infinita de causas esencialmente subordinadas, y término final de la vía.

 

La primera vía parte de la existencia del movimiento; la segunda, de la subordinación de causas; la tercera, de la contingencia de los seres; la cuarta, de la gradación de las perfecciones trascendentales, y la quinta, de la ordenación a un fin. Sobre estos hechos, como punto de partida, afirma santo Tomás una serie causal. El principio que inmediatamente los fecunda es el principio de causalidad eficiente, formulado de diversas maneras, según la vía de que se trate; todo lo que se mueve se mueve por otro (primera vía); un motor subordinado es movido por otro (segunda vía); el ser contingente es causado por un ser necesario (tercera vía); la perfección graduada es participada y, por ende, causadas (cuarta vía); un ser ordenado a un fin es causado (quinta vía). A este primer principio agrega santo Tomás la imposibilidad de que, en una subordinación actual y esencial de causas, se pueda proceder al infinito, y, por consiguiente, es necesario admitir la existencia de un primer motor inmóvil, de una causa incausada, de un ser necesario, de un ser infinito y de un supremo director, atributos que no pueden corresponder más que medios, al ser mismo subsistente, término de la metafísica ascendente y comienzo de la metafísica descendente.

 

De Dios conocemos que existe, pero no podemos penetrar en su esencia. Con todo, pueden considerarse en Dios varios aspectos que, aunque no nos lleven a un conocimiento comprensivo, nos dejan alcanzar algo de él abstractiva y analógicamente. Este conocimiento, por analogía, se opone a tal antropomorfismo, basado en la univocidad y el simbolismo teológico que se fundamenta en la equivocidad. El método para el conocimiento de Dios sigue una triple vía. Por la vía de causalidad atribuimos a Dios las perfecciones de las criaturas; por la vía negativa negamos de Dios todo cuanto, por ser imperfección, no podría pertenecerle; por la vía de eminencia elevamos al infinito las perfecciones atribuidas a Dios.

De esta manera llegamos a conocer que Dios es simplicísimo, perfecto, soberanamente bueno, infinito, inmutable, eterno, único, la misma verdad, la misma vida, por esencia voluntad; que es libre, justo y misericordioso, providente, todo poderoso y feliz. No podemos entrar en el desarrollo de cada uno de estos atributos. Todos ellos fluyen del constitutivo formal de la naturaleza divina entendida a nuestro modo. Sólo en Dios, en efecto, la esencia y la existencia se identifica. De aquí nace también el principio de distinción entre Dios y el mundo.

 

 

4. La creación.

 

Al demostrar la existencia de Dios deja santo Tomás establecido que es creador del mundo. La creación es el paso de la nada al ser. Ha de entenderse como creatio ex nihilo. El universo ha sido creado por Dios. Esta relación de creación no ha de entenderse como una emanación del mundo del ser de Dios. Santo Tomás rechaza enérgicamente el panteísmo. La relación de la criatura al creador es una relación trascendental, que no implica la creación de Dios a la criatura.

 

También se opone santo Tomás a Averroes cuando éste afirma, siguiendo a Aristóteles, que el mundo es eterno. Pero, al mismo tiempo, se opone a San Buenaventura, que intentaba probar racionalmente el conocimiento temporal del mundo. La tesis de santo Tomás es en este punto intermedia. No puede demostrarse ni la eternidad del mundo ni su comienzo temporal. La pretendida demostración, o se basa en la cosa creada, o se funda en la voluntad creadora. Pero las definiciones de las cosas son intemporales y nada nos dice sobre su existencia temporal o eterna. Si apelamos a la voluntad creadora de Dios, tampoco podemos concluir que necesariamente las haya querido con un comienzo temporal. La creación, pues, por tanto puede ser ab eterno como temporal. Más Dios nos ha revelado que el mundo comenzó en el tiempo, y debemos creerlo. El mundo comenzó es una verdad creíble, pero no demostrable.

 

Santo Tomás entiende en los seres naturales compuestos de potencia y acto, de materia y forma, de esencia y existencia. Se opone a la teoría de una materia universal sostenida por Avicebron y a la de la doble materia de la corriente agustiniana. Tampoco admite la teoría de la pluralidad de las formas: cada ser posee una sola forma. La materia es cuanto fundamento de la cantidad es principio de individualización; la forma, principio de especificación. Los seres se especifican por su forma y se individuan por su materia.

 

En la filosofía natural de santo Tomás van implicados algunos problemas teológicos. Los ángeles, por ejemplo, ocupan el más alto grado de la creación y aventajan a todos los otros seres en perfección. Son espíritus, y, no existiendo materia espiritual, no pueden componerse de materia y forma. Son, pues, formas puras. Más, estando en la materia el principio de individuación, se sigue que no hay entre los ángeles distinción individual. Cada ángel es una especie.

 

El hombre está también compuesto de materia y forma, de cuerpo y alma. No es mi cuerpo sólo, ni alma sola, sino un compuesto sustancial. No se trata, pues, de una unión accidental, sino esencial. El alma no es ni una para todos, ni triple para cada hombre: es simple, espiritual e inmortal. No preexiste al cuerpo, siendo creada por Dios.

 

 

5. El conocimiento.

 

El modo de conocer depende del modo de ser. La unión del cuerpo y el alma en la sustancia completa que es el hombre determina la actividad del conocimiento. De acuerdo con Aristóteles, establece el principio de que nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido. Mas todo lo que se recibe se recibe según el modo de ser del que recibe; y como el hombre es una naturaleza intelectual, lo que recibe lo recibe entendiéndolo. Pero es preciso distinguir entre entendimiento agente y posible. El agente, propio de cada alma, elabora la especie impresa a base de los fantasmas proporcionados por la imaginación, mediante un proceso abstractivo. Esta especie impresa, al ser recibida por el entendimiento posible, deviene expresa. El intelecto humano tiene aún otra función, la ratio. La función abstractiva puede ser realizada por entendimiento en tres grados; de aquí las tres clases de ciencias: la física, matemática y metafísica. La doctrina tomista del conocimiento, pues, escapa a los errores exclusivistas del empirismo, racionalismo y fideísmo.

 

 

6. Ética.

 

La ética de santo Tomás está anclada en la metafísica. Su exacta concepción de la persona determina los caracteres peculiares de la ética.

 

Todo agente obra necesariamente por un fin. Los seres desprovistos de conocimiento tienden al fin como movidos por otro. Pero el hombre, porque tiene dominio de sus actos en virtud de libre albedrío y conoce la razón del fin, tiende al fin por sí mismo. De las acciones hechas por el hombre son propiamente humanas aquellas que verifica en cuanto hombre. De esta manera el objeto de la voluntad libre es el fin, el bien en cuanto tal. Si el hombre tiende a bienes concretos y particulares, lo hace, dice santo Tomás, en razón del bien en sí mismo, del que participan todos ellos. Todo lo que quiere el hombre, insiste, lo quieren por el último fin. Este último fin es único y, además, el mismo para todos los hombres. La posesión del bien constituye la felicidad; por eso todo hombre le apetece. La felicidad del hombre no consiste en las riquezas, ni en los honores, ni en la fama, ni en el poder, ni en los bienes del cuerpo, ni en los placeres; y la felicidad es algo del alma, pero aquello en que consiste es algo fuera del alma. Así, pues, la felicidad es una operación que pertenece esencialmente al alma, y antecedente y consiguientemente, al cuerpo. Quedaría el problema de saber si la felicidad es operación del entendimiento o de la voluntad; santo Tomás lo resuelve distinguiendo entre la esencia de la felicidad, que pertenece al entendimiento, y el placer adjunto, que corresponde a la voluntad. Por eso afirma, con san Agustín, que la felicidad es gozo de la verdad.

 

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