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La filosofía en la edad antigua: época helénica.

Platón.

 

1. Vida y personalidad.

 

Platón (428-347) nació y murió en Atenas. Se llamó así por la amplitud de su espalda. Su primera vocación le llevaba a la política, más la influencia de Sócrates lo ganó para la filosofía. De Sócrates, fue fiel seguidor durante cerca de diez años. A la muerte del maestro, abandonó a Atenas y emprendió largos viajes. Estuvo en Megara, y, probablemente, en Cirene; después salió para Egipto, cuya estabilidad política, tan en contraste con la de su patria, admiraba profundamente. Tras una breve estancia en Atenas, emprendió nuevos viajes. Estuvo en la magna Grecia, donde conoció la filosofía de los Eleáticos y de los pitagóricos, cuya influencia habría de acusar más adelante. En 390, se encuentra en Siracusa, intentando llevar a la práctica reformas político-sociales, apoyado por el pitagórico Dión, jefe del partido aristocrático y sobrino del tirano Dionisio el viejo. En este tirano terminó entregando a Platón como esclavo a un embajador espartano. Parece que fue liberado por su amigo el filósofo cirenaico Anicérides. Hacia el 367 volvió a Atenas, donde fundó una escuela, que estableció en el jardín que compró a un amigo llamado Academo. De ahí deriva el hombre debe academia. Todavía hizo otros dos viajes a Siracusa, que resultaron igualmente desafortunados. Fuera de esto, Platón se entregó totalmente a la dirección de la academia, a la enseñanza oral y a la redacción de los “Diálogos”. Platón es uno de los genios más completos de toda la humanidad. Especialmente dotado para la especulación, elevará la filosofía a uno de los niveles más altos escaldados por la antigüedad.

 

 

2. Obras.

 

Platón escribió numerosas obras, nos han llegado a 35 diálogos y trece cartas. La crítica moderna ha planteado graves problemas en torno a esta autenticidad e incluso acerca de su cronología.

 

He aquí su posible clasificación y el juicio más frecuentemente admitido:

 

A. Diálogos socráticos o de juventud.

B. Diálogos polémicos.

C. Diálogos dialécticos.

D. Diálogos con tendencia al pitagorismo.

E. Diálogos apócrifos.

F. Cartas.

 

 

3. El problema.

 

Platón recoge el método de Sócrates complementándolo. Subjetiva e internamente, y lo libera de la unilateralidad inductiva, haciéndolo instrumento del proceder inverso, de la deducción. Objetiva y externamente, lo libera de la restricción a la ética, dándole aplicación universal, es decir, metafísica. De esta manera deja gravitar sobre sí todo el peso de la filosofía presocrática, en particular la doctrina de Pitágoras y el conflicto Parménides-Heráclito, trayendo a primer plano la distinción entre lo que nace y perece y lo que es sin restricción.

 

 

4. Los grados del conocimiento.

 

De las cosas nacientes y perecederas tenemos conocimiento sensible, opinión (doxa); de lo que es, de la realidad consciente, podemos alcanzar conocimiento inteligible, ciencia (episteme). En el ámbito de la opinión distinguen dos grados de conocimiento con su correspondiente doble objeto: la conjetura o imaginación (eicasía), es decir, el conocimiento de las imágenes, y la creencia o fe, esto es, el conocimiento perceptivo de las cosas sensibles. En el área de la ciencia hay también dos grados de conocimiento: el razonamiento o razón (dianoia); que tiene por objeto los seres matemáticos, y el conocimiento filosófico o inteligencia (nous), que, mediante la dialéctica, asciende a la contemplación intuitiva de las ideas.

 

 

5. La concepción de la filosofía.

 

La concepción platónica de la filosofía, la sabiduría, es conocimiento perfecto, intelectual (noesis), de las ideas. Es propiamente filo-Sofía, deseo de la sabiduría, esfuerzo dialéctico por llegar a la contemplación de las ideas, pasión eidética. El filósofo posee un alma deseosa de saber, siempre mirando hacia lo alto, Platón se encuentra todavía preso en la aspiración órfico-pitagórica hacia la liberación del alma de los reiterados nacimientos, reencarnaciones sucesivas en distintos cuerpos, que dificultan la libre posesión de la sabiduría. Y por eso el filósofo, al lado de su aspiración a la sabiduría, lleva también la aspiración a morir, y el filosofar mismo es "meditación de la muerte”.

 

Examinemos más de cerca el concepto de filosofía que con él aparece. Considerado en relación a los filósofos precedentes, resulta fácil percatarse de la novedad platónica. La física, tal como la entendían los presocráticos, sólo nos proporciona opiniones variables sobre una realidad cambiante. La solución de Parménides fue genial, pero deja la realidad sensible sin explicar. Los pitagóricos habían proporcionado una primera evasión de los sensible para considerar las cosas en lo que tiene de esencial. Una evasión tal no es aún superación para Platón. Sócrates, con toda su apelación a los conceptos, da también un buen paso en el sentido que Platón le interesaba. Pero los conceptos socráticos quedan reducidos a la realidad moral. Como los pitagóricos, Sócrates, al trascender la sensación, no trasciende el mundo sensible. Platón precisa dar un paso más y apelar a la dialéctica que, produciendo el salto trascendente, sitúa la investigación de lo suprasensible como tal, donde, por contemplación intuitiva, se realiza el genuino conocimiento filosófico. Un conocimiento tal nos es dado por una noesis y tiene por objeto propio las esencias. La noesis nos proporciona la asimilación de un noema, de un ser inteligible, de una idea existente y consistente. Y la filosofía es, precisamente, la noesis de las ideas.

 

 

6. La realización platónica de la filosofía: ídolos, eidos de ideas.

 

Pasemos a examinar la platónica realización de la filosofía.

Cuando el sujeto cognoscente se mueve en el ámbito de la opinión, "imagina y cree" que las cosas singulares y concretas son tal y como se le presentan. En función de esta creencia les impone nombres, diciendo de esta que es agua; de esa, aire; de aquélla, árbol; de otra hombre, etc. Hasta el sujeto que se eleva a un conocimiento racional, matemático, nos asegura que tal cosa es triángulo, tal otro cuadrilátero, etc. El filósofo se da cuenta muy pronto de la irreverencia de esta manera de hablar. Eso que se bebe, por ejemplo, no es agua, sino algo que tiene forma de agua, algo que es acuiforme, y así sucesivamente de tal forma que aquél con quien se dialoga, es antropoide. Tampoco el matemático debe llamar a las cosas concretas triángulos, sino triangulares, etc. Resulta, pues, que las cosas del mundo sensibles son semejanzas, imitaciones, apariencias, imágenes o formas de otras cosas que las miden, las rigen y determinan. En terminología platónica, todas esas expresiones se unifican en el término común de ídolos, diminutivo de eidos, que traduciríamos mejor por ideíllas. Cada cosa del mundo sensible es simple manifestación disminuida de un eidos. El agua sensible es eidos de agua, etc. Todas y cada una de las determinaciones entitativas de las cosas del mundo sensible están regidas por las cosas del mundo inteligible. Las cosas sensibles son, noéticamente vistas, ideíllas, participaciones eidéticas. Sólo en los eidos alcanzan las cosas de nuestra vida cotidiana seguridad y consistencia. De esta manera, Platón ha continuado y superado a Sócrates.

 

El mundo eidético e inteligible (cosmos noetós), debe aprestarse a su estudio. El constituye, precisamente, el centro del quehacer filosófico. La filosofía es, principalmente, noesis del eidos, inteligencia del inteligible. Al eidos platónico se le puede traducir por idea, palabra que también acusa Platón, pero con sentido diferente. El conjunto de los eidos, de las ideas (en minúscula), constituyen un mundo aparte el sensible: el cosmos noetós. El eidos propiamente tal es una realidad permanente, inmutable, intemporal, inespacial; posee, sobre todo, unidad, individualidad y, por lo mismo, indivisión interna y externa diferenciación. Puede, en consecuencia, ser delimitado, definido. He ahí, pues, gran parte de la tarea del filósofo: lanzarse a la caza de las ideas, a la búsqueda de las definiciones.

 

Pero esto no es suficiente. Por arriba del cosmos noetós (por arriba y debajo englobándolo) pone aún Platón a las ideas propiamente dichas (ahora con mayúsculas), supremas realidades absolutamente consistentes, pero también absolutamente indefinibles. Para tres realidades reserva Platón el nombre de idea: el bien, la belleza y la justicia. En la idea del bien se sostienen y flotan todas las ideas, y de ellas reciben su consistencia. Como la luz nos hace ver los objetos sensibles, así la idea del bien lo visualiza todo, iluminándolo y perfilándolo. Algo semejante cabe decir de la idea de belleza. Por su derivación y semejanza del bien, ella es la que baña en luz y claridad el mundo de las realidades físicas, a las cuales, envolviéndolas, vuelve bellas. La idea de justicia ejerce papel análogo en el orbe humano. Ella regula las relaciones entre las tres partes del alma individual. En la posesión de las ideas consiste la sabiduría. Al hombre, empero, en este estado de existencia viajera le ha sido negada tal posesión. Las ideas no se dejan poseer; son inabarcables, indefinibles. Lejos de poder abrazarlas, ellas nos abrazan y aprisionan. El sabio se conformara con rendir acatamiento al bien, pleitesía a la belleza y procurará realizar la justicia en el orbe y individual, social, moral e histórico.

 

 

7. El conocimiento como reminiscencia.

 

La filosofía de Platón es el esfuerzo dialéctico para alcanzar el conocimiento intelectual de las ideas. La dialéctica platónica es primordialmente metafísica (gnoseología, ontología y teología) y derivadamente física, antropología, ética y política.

 

Comenzamos por la gnoseología. El verdadero conocimiento habrá de versar sobre la verdadera realidad. En el orden del tiempo, nuestro primer conocimiento es opinión, doxa, es decir, percepción de las cosas sensibles. La percepción es la ocasión para que el alma recuerde el concepto caído en olvido. La mayéutica se ha convertido en reminiscencia. El verdadero conocimiento es para Platón, recuerdo, anámnesis. La explicación de conocimiento intelectual como simple reminiscencia lleva ya implicada la triple teoría ontológica, física y antropológica. Por de pronto, debe existir un mundo eidético, espiritual, trascendiendo del mundo sensible, material. Y como, con ocasión de las percepciones recibidas de este mundo, recuerda el alma al otro, debe declararse su preexistencia en él.

 

 

8. El " cosmos noetós " y la ontología platónica.

 

Platón se interesa por el verdadero ser; pero teniendo este los atributos que le señalara Parménides y encontrando en las cosas atributos antitéticos, concluye que el verdadero ser no puede estar en las cosas. Las cosas del mundo son rectas y no rectas, cuadradas y no cuadradas: son y no son además para que yo pueda ver cosas rectas y no rectas, preciso tener la idea de recta, cuadrado, etcétera, y no encontrándose nada en este mundo que sea recto ni cuadrado, es necesario que la idea se de en otro mundo. La idea platónica es una especie de conceptos socrático investido de los atributos y de la realidad del ente parmenídico hecho subsistente en el mundo inteligible.

 

Las ideas son realidades permanentes y absolutas que, por tanto, no pueden existir en este mundo mudable y relativo. Son entes universales que existen por sí en el mundo suprasensible.

 

El primer carácter fundamental de la idea platónica es la unidad. Cada idea es una idea indestructible. La unidad de cada idea no atenta contra la pluralidad de las ideas. Cada cosa del cosmos aiszetós tiene una idea del cosmos noetós. Salvada la pluralidad, a cada idea aplica Platón los caracteres del ente parmenídico. Así, las ideas son inmóviles, inmutables, intemporales, inespaciables eternas.

 

La idea, en segundo lugar, es sustante y sustantiva. Tiene una consistencia en sí misma. Su realidad no es un ser adjetivado. Aunque no haya mente que la conciba, existe.

Las ideas, en su sustancialidad, gozan de existencia real. En último término, las ideas son las esencias de las cosas sensibles existentes realmente en el mundo inteligible. Platón es exageradamente realista.

 

Finalmente, las ideas son paradigmas, modelos, arquetipos de las cosas sensibles. Preexisten a las cosas y no les afecta la mutabilidad inherente al mundo sensible. Cada cosa reproduce imperfectamente, como una copia infiel al modelo, su idea. Las cosas son a las ideas como las sombras a sus objetos.

 

El cosmos noetós no constituye un único estrato en el que las ideas se sitúen horizontalmente. Las ideas mantienen entre sí relaciones de jerarquía. En la cúspide de esta jerarquía coloca Platón la idea del bien. Es el sol de las ideas y de las almas: con su luz y su calor da a las ideas ser y verdad y al alma capacidad de conocer.

 

 

9. El " cosmos aiszetós " y la física.

 

¿Qué son las cosas del mundo sensible?

Platón piensa que son mezcla de ser y no ser. Son, en cuanto participan de las ideas. No son, en cuanto son mera participación. Es la cosa un compuesto de ser y no ser, de materia y forma; en lo que tiene de suyo, en cuanto es materia, la cosa no es; en cuanto es forma, participación de la idea, es ser. Para hacer comprensibles estas ideas, nos cuenta en "la República" el mito de la caverna.

 

Platón, pues, para explicar el ser de las cosas, acude al concepto de participación. Mas con esto no le es aún suficiente. Cada cosa del mundo parece participar de varias ideas. Por ejemplo, Sócrates es un ser, viviente, animal, racional. Sócrates, ¿Es Sócrates porque participan de la idea de ser o de la de viviente o de la de racional, etc.? Platón resuelve esta cuestión introduciendo otro concepto de extremada dificultad: la comunidad. Sócrates es Sócrates porque participa de la idea de Sócrates; mas la idea de Sócrates se halla en comunidad con la idea de ser, de viviente, etc.

 

 

10. El alma y la antropología.

 

El origen del hombre es explicado en el "Fedro" con el mito del carro alado. El alma está representada por un carro alado tirado por dos corceles, uno blanco y otro negro (el ánimo y el apetito), y guiado por un auriga (la razón). Llegó un momento de su carrera en que el carro se despeña y el alma cae en este mundo sensible encarnándose en un cuerpo. El alma, pues, está compuesta por tres fuerzas o partes: la razón o alma inteligible, el ánimo o alma irascible y el apetito o alma concupiscible, que Platón sitúa, respectivamente, en la cabeza, en el corazón y en el vientre. El alma irascible y la concupiscible quedan tan estrechamente vinculadas al cuerpo que se contagia de todos sus caracteres, pero el alma inteligible, más independiente, puede elevarse, por ministerio del conocimiento, a una vida superior, teorética. El alma inteligible, hecha para la contemplación de las ideas, no nace ni perece; se une accidentalmente al cuerpo, al cual preexiste y sobrevive. Admite también Platón la transmigración de las almas, idea tomada de los pitagóricos y muy difundida en el oriente (metempsicosis).

 

 

11. La ética.

 

Para Platón, el supremo bien del hombre es la contemplación de las ideas, y en ello reside la validez objetiva de la ley moral. De ahí la noción socrática de que el conocimiento se identifique con el bien obrar, y que, por consiguiente, la virtud es un saber. De ahí también la doctrina pitagórica de la ascesis, necesaria, según Platón, para dejar al alma en perfecta disposición de contemplar las ideas.

Platón es el descubridor de las cuatro virtudes cardinales. En consecuencia con su antropología asigna a cada parte del alma una virtud particular: la prudencia es la virtud de la alma inteligible, conforme a la cual cobramos con razón de nuestros actos; la fortaleza es la virtud de el alma irascible y tiene por objeto estimularnos para vencer las dificultades; la templanza es la virtud del alma concupiscible, y por ella el hombre modera sus apetitos. Finalmente, la justicia no es tanto una nueva virtud cuanto la armonía de las otras tres virtudes.

 

 

12. La sociedad.

 

En conformidad con la antropología y con la ética, establece Platón su teoría de la sociedad. Como el alma tiene tres partes, así el estado se compone de tres grandes clases sociales: el pueblo, los militares y los filósofos. De acuerdo con la ética, señala a cada clase su virtud: la virtud peculiar del pueblo es la templanza; la de los guerreros, la fortaleza; la de los filósofos, la prudencia. La justicia regula las relaciones de los individuos con el estado.

El pueblo es la clase productora y ha de sostener económicamente a las dos clases superiores. La clase militar tiene como función la defensa del estado contra los enemigos interiores y exteriores. Los filósofos tienen por misión gobernar y educar a todos los individuos y contemplar las ideas.

 

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